Acertar con el Bachillerato

Cuando se comienza la apasionante aventura de formar una familia nos asalta la duda de si lo haremos bien; es lógico: nadie nace enseñado y a hacer de madre o de padre se empieza a aprender en el momento en que te ponen a tú bebé en los brazos.

Se empieza a aprender y no se acaba nunca de saber del todo: la toma de decisiones del día a día, las experiencias personales y familiares que vivimos, el ejemplo de amigos y conocidos y también el consejo de expertos nos hacen como somos; nos hacen de una forma que a menudo ni siquiera no nos habíamos imaginado; ¿cuántas veces hacemos proyecciones que la realidad se encarga de desmentir?

Según como leamos el párrafo anterior podríamos concluir que no vale la pena hacer cálculos, invertir en el futuro de los hijos porque el futuro es imprevisible; nada más lejos de la realidad: ningún proyecto de vida se saca adelante sin un sueño, un objetivo que lo alimente; no solo es bueno hacer proyecciones sino que es necesario.

Volviendo a la imagen de los padres recién estrenados: quien más quien menos todo el mundo ha tenido sensación de vértigo la primera vez que tiene que cambiar un pañal o “gestionar” un cólico a altas horas de la madrugada; o peor aún: paseando tu bebé con el cochecito te cruzas con un grupo de adolescentes y el pánico se apodera de ti: “¿Se va a convertir en eso?” Y yo, sobreviviré a eso“: Y te parece que no. Pero cuando llega el momento, como ocurrió con los pañales o el cólico … aprendes. Y lo superas todo si antes has trabajado en los valores que tú defiendes y te has preparado mentalmente para adaptarte a todo lo demás.

Con la elección del bachillerato pasa más de lo mismo: viendo el sufrimiento de algunas familias a veces parece que elegir bien qué rama de bachillerato debe estudiar la criatura sea una decisión irreversible que condicionará su vida para siempre. Si se entiende así es normal que nos invada el pánico; por suerte equivocarnos de modalidad no es una catástrofe; elegir mal las asignaturas optativas no es un camino sin retorno … Puede ser una pérdida de tiempo y de dinero si la elección se hace sin pensar … pero también puede serlo si no se valoran todas las opciones. ¿O es que tu hijo tiene que hacer bachillerato sí o sí? En realidad esta es la primera pregunta que tenemos que hacernos. Y que se tiene que hacer el estudiante. Y la segunda, ligada a la anterior, es: ¿y por qué quiero hacer (este) bachillerato? La respuesta a ambas preguntas sólo será acertada si contiene la palabra feliz aplicada… no al padre o la madre sino al adolescente que tendrá que elegir.

En este punto, sin embargo, es importante advertir que tampoco debemos caer en la complacencia de aquellos padres que “para que la criatura no sufra” le ahorran todos los esfuerzos, le resuelven ellos todos los problemas y le dejan elegir al hijo o hija lo que le apetece: hacen hijos débiles, volubles y caprichosos. Estos padres se detectan enseguida: son los que suelen cargar con la mochila de la escuela de sus hijos cuando van a recogerlos a la salida del colegio. No entienden que cada uno debe aprender a llevar la propia mochila, que significa cargar con la propia responsabilidad y esforzarse.

En definitiva: hay que discernir si la elección del Bachillerato es fruto de unos intereses de los padres (error), de unas expectativas académicas y profesionales equivocadas (error), de la búsqueda de la opción “más fácil” para el estudiante (error) … o bien es una elección ilusionante y realista (acierto, pase lo que pase después); este discernimiento debe hacerse a partir del diálogo padres-hijo y también con la ayuda del tutor y el resto de profesorado que conoce la trayectoria académica del alumno (de cada alumno, porque todos somos únicos) y sus capacidades potenciales y, además, tiene experiencia contrastada en el asesoramiento a las familias.

Ciertamente el consejo profesional personalizado dará al estudiante y a sus padres mucha luz para hacer la elección en las mejores condiciones. Una entrevista -o las que haga falta- con el profesional que trabaja con tu hijo y por lo tanto lo conoce resulta clarificadora, disipa dudas y rompe posibles estereotipos o tabúes. Tú has hecho miles de kilómetros con tu coche, sabes como “tratarlo” y en la carretera coche y tú sois “una sola cosa”, pero cuando toca levantar el capó en quien más confías es en tu mecánico; el tutor también es experto en lo que hay bajo el “capó” de los estudiantes.

Además del conocimiento personal y la experiencia continuada de los tutores y el resto de profesorado, los centros disponen (o deberían disponer) de herramientas de prospección que valoren los intereses, las aptitudes en diversos ámbitos y los intereses de los adolescentes; estos tests -que se suelen pasar entre los alumnos en 4º de Secundaria- no son determinantes pero sí que complementan la información de primera mano del tutor y sirven también para abrir el foco a opciones que a veces unos y otros ni siquiera contemplaban.

Elegir bachillerato no es ni más ni menos difícil que cambiar un pañal; es cuestión de no hacerlo con los pies, o en la oscuridad, o a toda prisa… o todo.

En resumen:

  • No nos angustiemos (y mucho menos antes de tiempo)
  • Es tan necesario hacer planes y luchar por conseguirlos como ser capaces de adaptarse a los cambios.
  • Antes de elegir bachillerato preguntémonos si es el camino; quizá sí… pero puede que no.
  • Muy pocas cosas en la vida son irreversibles; muchas veces los errores ayudan más que los aciertos: cuando se cierra una puerta otra se abre.
  • Si buscamos la felicidad de nuestros hijos preguntémonos qué quieren y qué no; después, ayudemos a discernir para que no opten por lo más fácil sino por lo que es mejor para ellos.
  • El tutor personal de tu hijo es quien mejor conoce las aptitudes académicas que tiene, y tiene experiencia en el asesoramiento a familias, confía en él.

Artículo escrito por Quim M Carreras